miércoles, 11 de febrero de 2026

Padres Educadores, Hijos Felices.


     

Educación y felicidad: 

una responsabilidad irrenunciable de la familia

La pregunta por la felicidad de los hijos constituye una de las inquietudes más profundas y universales de la experiencia parental: ¿son realmente felices nuestros hijos? Este interrogante conduce, de manera inevitable, a una reflexión más amplia sobre el significado mismo de la felicidad y sobre el papel que la educación desempeña en su construcción.

Desde una perspectiva antropológica básica, puede afirmarse que uno de los vínculos más esenciales del ser humano es el amor de los padres por sus hijos. Este amor, que atraviesa culturas y épocas, va siempre acompañado del deseo sincero de su bien y de su plenitud. Educar, en este sentido, no es otra cosa que orientar ese amor hacia el desarrollo integral de la persona.

La fe cristiana ofrece una luz particular para comprender esta tarea. El Evangelio nos recuerda que Dios amó tanto al hombre que entregó a su Hijo amado, Jesucristo, para revelarnos su amor y mostrarnos el camino de la verdadera felicidad. En la enseñanza de Cristo, la plenitud del ser humano no se alcanza en la posesión ni en el poder, sino en el amor y en el servicio. Esta verdad constituye un principio fundamental para toda propuesta educativa cristiana.

Desde esta convicción surgen preguntas que interpelan directamente a la conciencia de los padres: ¿educamos a nuestros hijos para que aprendan a amar y a servir?, ¿nuestro testimonio cotidiano les muestra que la felicidad está unida a la entrega, a la responsabilidad y al compromiso con los demás?, ¿somos conscientes de que educar para la felicidad es una tarea que requiere intención, formación y perseverancia?

El contexto cultural contemporáneo plantea desafíos significativos. Con frecuencia se promueve una concepción de la libertad desvinculada de la verdad y del bien, y se identifica la felicidad con el consumo, la apariencia o el éxito social. Estas propuestas generan dependencias que limitan la libertad interior y empobrecen la vida personal. Frente a esta realidad, la familia se convierte en un ámbito insustituible de discernimiento y de formación crítica, donde se aprenden los valores que sostienen una libertad auténtica.

En este marco, educación y felicidad no pueden entenderse como realidades separadas. En el hogar, primera y fundamental escuela de vida, los hijos aprenden normas básicas, hábitos, virtudes y actitudes que configuran su modo de estar en el mundo. La coherencia, la claridad de criterios y la constancia educativa son elementos esenciales para este proceso.

La tarea educativa exige, además, que los padres asuman un compromiso activo y sostenido, reconociendo que educar no es un acto aislado, sino un camino que se recorre día a día. El acompañamiento entre familias, el intercambio de experiencias y el apoyo mutuo constituyen una ayuda valiosa, siempre desde el respeto a la singularidad de cada realidad familiar.

Un ejercicio saludable para los padres consiste en revisarse periódicamente a partir de preguntas fundamentales: ¿nuestros hijos cumplen responsablemente con sus deberes?, ¿experimentan un sentido de bienestar y de alegría auténtica?, ¿crecen en libertad interior y en capacidad de amar?

La experiencia muestra que, así como el docente aprende en el ejercicio de la enseñanza, los padres se forman como educadores en la relación cotidiana con sus hijos. Sin embargo, es necesario recordar que la responsabilidad primaria de la educación corresponde a la familia y no puede ser delegada plenamente ni al Estado, ni a la escuela, ni a la sociedad en general.

Desde una antropología cristiana, el niño es un don precioso, una persona dotada de cuerpo y alma, creada a imagen y semejanza de Dios, con un potencial único que debe ser reconocido, acompañado y desarrollado. Educar implica, por tanto, una responsabilidad ética y espiritual de gran alcance.

El futuro de los hijos permanece abierto a múltiples posibilidades: no sabemos qué lugar ocuparán en la sociedad ni cuáles serán sus logros materiales. Pero, por encima de todas las incertidumbres, permanece una pregunta decisiva que debe orientar toda acción educativa: ¿serán verdaderamente felices?

Ing. Vincenzo Fusco Sparacino  (Papá)
PALABRAS CLAVES: EDUCAR, PADRES, FAMILIA, NÚCLEO, EDUCADOR, HIJO, JOVEN, ENSEÑANZA, EJEMPLO

EDUCAR EN VALORES Y VIRTUDES


Educar en valores y virtudes es una tarea que se inicia en la familia, la cual es la principal responsable de esta misión. Por tanto, no puede delegar dicha responsabilidad en ninguna otra institución o persona.

La escuela contribuye a la educación que los padres han elegido para sus hijos, pero nunca puede sustituir ni asumir el rol primordial que corresponde a la familia. Educar en valores es un derecho y un deber inalienable que los padres debemos ejercer y preservar.

La educación en valores y virtudes es una labor cotidiana de los padres, ya que, de una u otra forma, siempre estamos dando ejemplo en la vida de nuestros hijos. Cuando son pequeños, los orientamos de manera directa y proactiva. A medida que crecen y forman su propia familia, seguimos estando presentes cuando nos piden consejo, nos comparten sus inquietudes y problemas, y continuamos ofreciéndoles ejemplo de vida y de vivencia de los valores.

Casi todo lo que aprendemos lo hacemos por imitación; por ello, la forma principal de educar en valores y virtudes es mediante el buen ejemplo y la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Como señala el adagio latino: “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”. Es fundamental que los hijos vean que los padres actúan conforme a lo que predican.

Para que nuestros hijos formen valores, es necesario que conozcan el bien, amen el bien y practiquen el bien. De este modo, los valores no solo serán comprendidos, sino que pasarán a formar parte de su vida afectiva y emocional, lo que los llevará a ponerlos en práctica. Este es el verdadero secreto para que tanto familiares como maestros transmitan auténticos valores a los niños, facilitando que estos los integren en su vida junto con las virtudes.

Modelar a un hijo para el bien, ayudarlo a crecer como persona, a madurar y a adquirir virtudes que lo hagan más feliz y que contribuyan a la felicidad de los demás, es un proceso continuo. No es algo exclusivo de la infancia: en cualquier edad y condición, todos estamos inmersos en un camino permanente de maduración y mejora personal.

Lo que realmente apasiona a los padres es que, mientras educamos a nuestros hijos, también nos educamos nosotros; mientras ellos crecen, crecemos nosotros; y al mejorar ellos, también podemos mejorar nosotros. Esta tarea exige el ejercicio constante de virtudes como la caridad, la paciencia, la fortaleza, la generosidad y la responsabilidad.

Es importante que los hijos vean a sus padres y maestros luchar contra sus defectos, pedir perdón y dar ejemplo de su deseo sincero de ser mejores personas. Educar es una tarea exigente y, en ocasiones, muy difícil, especialmente en estos tiempos rápidos y complejos. Sin embargo, puede vivirse con alegría si se entiende como una lucha compartida entre padres e hijos, maestros y alumnos, por ser mejores personas. En eso consiste la grandeza de amar


EDUCAR CON EXITO, LOS PADRES ANTE LA ESCUELA


Si la obligación principal de los padres es educar y formar a sus hijos, resulta irresponsable pensar que, por llevarlos a un buen colegio —público o privado—, su formación queda delegada por completo a la institución, evadiendo así dicha responsabilidad. Del mismo modo, enviar a los hijos a un colegio religioso no implica delegar la formación moral y religiosa. Este es un grave error, ya que la educación —sobre todo en sus bases y principios— es una tarea indelegable de los padres, salvo contadas excepciones.





Nunca debe olvidarse que la institución educativa ejerce primordialmente una labor académica y colabora con los padres en la tarea formativa, pero no puede sustituirlos. Los padres son los primeros educadores y asumen esta responsabilidad desde el momento en que deciden traer hijos al mundo.

Por ello, no deben permanecer pasivos frente a la institución educativa. Al contrario, deben cumplir activamente con las siguientes tareas:

Control. No debe limitarse únicamente al aspecto académico —como revisar tareas o verificar el cumplimiento del trabajo y las normas en clase—, sino que debe ir más allá. Implica enseñar hábitos de orden, trabajo y limpieza, cualidades que se reflejan en la manera de realizar las tareas, mantener los cuadernos y responder los exámenes.

Inspección. Los padres están obligados a conocer qué se enseña en la escuela y cuáles son sus lineamientos en materia formativa. Esto incluye conocer a los maestros, a los compañeros de sus hijos e incluso al personal que labora en la institución.

Es fundamental que los padres conozcan a los docentes en cuanto a su moralidad y principios, ya que estos se manifiestan en sus lineamientos, orientaciones y en la forma de expresarse en el aula con los alumnos. Cuando sea necesario, los padres deben dialogar con los directivos del plantel para que observen el desempeño de los docentes y corrijan posibles fallas o deficiencias, así como también para reconocer y resaltar su buena labor, que suele ser la norma general.

Asimismo, con delicadeza, los padres pueden señalar al maestro aspectos particulares relacionados con su hijo o incluso con el grupo en general, elementos que puedan ser de utilidad para mejorar la calidad de la formación y fortalecer la relación entre docentes y alumnos. La sinceridad, expresada sin rodeos pero con respeto, permite realizar una corrección fraterna cuando existan deficiencias en el trato hacia los alumnos o cuando este se aparte de la educación moral y humanista que deben recibir.

En muchas ocasiones, también es oportuno hacer sugerencias que contribuyan a mejorar las actividades de la institución en general o del aula en particular. Con seguridad, la dirección del plantel escuchará y valorará cualquier indicación que beneficie a la institución o al alumno.

La comunicación entre padres y maestros no debe faltar. No se trata solo de conocerse, sino de mantener un diálogo constante y bidireccional, centrado en el comportamiento del alumno y del grupo, así como en su rendimiento y conducta escolar.

No cabe duda de que la educación es un trabajo en equipo, y el interés que los padres demuestren hacia la institución contribuirá significativamente a una mejor formación de sus hijos



Ing. Vincenzo Fusco Sparacino  (Papá y Esposo)
PALABRAS CLAVES: EDUCAR, PADRES, FAMILIA, NÚCLEO, EDUCADOR, HIJO, JOVEN, ENSEÑANZA, EJEMPLO, BIEN, ATRACCION, GRACIA, MORA

lunes, 13 de marzo de 2017

NO TENGAMOS MIEDO A SER SANTOS

“En el «Credo», después de profesar que la Iglesia es «una», también decimos que es «santa». ¿Cómo es posible afirmar que la Iglesia es santa si a lo largo de su historia ha tenido tantos momentos de oscuridad? ¿Cómo puede ser santa si está compuesta de hombres pecadores? La Iglesia es santa porque Dios es Santo, es fiel y no la abandona nunca al poder de la muerte y del mal; es santa porque Jesucristo, el Santo de Dios, se ha unido a ella indisolublemente; es santa porque el Espíritu Santo la purifica, la transforma y la renueva constantemente; es santa, no por nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa. No tengamos miedo a ser santos. Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo”. PAPA FRANCISCO